LA MUJER QUE SE ENAMORÓ DEL ALGODÓN

 


En el número 10 de La UCCS Informa, boletín de la Unión de Científicos

Comprometidos con la Sociedad, apareció este logrado artículo,

valioso para comprender las sólidas bases requeridas en el establecimiento

de reales medidas de bioseguridad de los transgénicos. Agradecemos la

generosidad de la UCCS por permitirnos difundirlo en nuestro portal.


Emiliano Rodríguez Mega


Ana Wegier no es lingüista pero ya inventó un nuevo verbo: algodonear. Ni lo busquen en el diccionario porque no lo van a encontrar. Sería más fácil definirlo a través la historia de su creadora. Fue ella quien algodoneó durante cinco años desde Baja California hasta Yucatán en una incansable búsqueda por encontrar respuestas sobre la planta que nació hace casi dos millones de años en lo que hoy es nuestro país y que ahora constituye uno de los 15 cultivos más importantes del mundo.


Hacía un calor insoportable. Los 45 grados centígrados de Bahía de Kino espesaban el aire sonorense y el sol bañaba todo aquello bajo su alcance. Sin éxito alguno, Ana Wegier, su amiga Alicia Mastretta y sus colegas del Instituto de Ecología de Hermosillo llevaban horas explorando las pendientes y escondrijos del Cerro de Tetas de Cabra en busca de una población de algodón silvestre. “Es que por aquí hay algo muerto: ¡Debemos encontrar!”, murmuró una acalorada Alicia, siguiendo su olfato.

Tenía razón. El algodón crece en lugares horribles, espantosos. Cuando olía a basura o animal muerto, los compañeros de laboratorio de Ana no dudaban: “Aquí huele a algodón”, decían.

No pasó mucho tiempo antes de que lo encontraran: el cadáver de un león marino yacía con las entrañas de fuera, adornando la vista de la playa. Asqueada, pero segura de estar en el lugar correcto, Ana continuó escaneando el cerro con sus ojos. Y de pronto la vio. Una sola malvácea descansaba majestuosa en medio del paraje desolado.

Al ver la flor, todo cobró sentido: el cerro se encontraba tapizado por completo de algodón silvestre. Había estado frente a sus narices el día entero pero no tenían manera de reconocerlo porque en esa época las plantas se desnudaban de hojas y flores. Ana sonrió, aliviada.


El viaje de Ana

Cuando habla de su investigación, a Ana Wegier se le hace difícil ocultar su entusiasmo: mueve las manos y orquesta junto con su voz una melodía de anécdotas, datos científicos y silencios breves. Según me cuenta, no le costó mucho esfuerzo enamorarse del algodón. Su historia y los apasionantes personajes que se han dedicado a estudiarlo pronto la convencieron de trabajar con esta planta durante su maestría.

Nada de eso habría ocurrido de no haber cursado un diplomado sobre desarrollo sustentable y política ambiental en México tras acabar la licenciatura. De todos los temas, la bioseguridad de transgénicos fue el que más le robó el sueño pero también el que significó una mayor decepción. “Obtenía la misma respuesta para todo lo que preguntaba: no se sabe”. Parecía no llegar a ningún lado. La escasa información científica sobre cultivos de los cuales México es centro de origen, si acaso existía, venía de otros países con contextos muy diferentes.

Indignada, le platicó la situación a su asesor con la esperanza de conseguir un buen tema de tesis. Tras convencerlo de la necesidad de realizar estudios para tomar decisiones informadas sobre el cultivo de transgénicos en nuestro país, recibió el visto bueno pero con una condición: mantenerse alejada del maíz. Ya después podría estudiar esta planta tan importante y rodeada de ideologías personales, pero primero debía escoger una especie más neutral. Así dio con el algodón.

“Mi asesor dice que fue una iniciativa mía –recuerda entre risas– y yo estoy segura de que sabía que llegaría por mis propios medios al algodón: prácticamente era mi única opción”. Se lo agradece. Desde ese momento, Ana comenzó un viaje que terminaría por llevarla a recorrer el país entero durante más de cinco años. La maestría, que sólo la dejaría con muchas más preguntas, se convertiría en un doctorado dedicado a definir las bases científicas sobre las cuales poder decidir el futuro del algodón transgénico en México, su centro de origen.


Bosques de algodón

Armada con las respuestas que obtuvo durante sus primeros años de investigación, Ana podía permitirse formular preguntas más complejas. Había descubierto, por ejemplo, que todas las variedades cultivadas de algodón –transgénico o no– eran genéticamente iguales, casi clones. Sin embargo, en las variedades silvestres existía una vasta diversidad genética. ¿De qué manera, entonces, convivían ambos grupos y qué tipo de consecuencias podía traer esta relación?

El primer paso parecía muy claro: saber dónde se encuentran las poblaciones de algodón silvestre en México, cuna de la especie que ocupa el 95% del mercado mundial.

Como en Bahía de Kino, Ana se aventuró dentro de los lugares más inhóspitos en busca de su propio oro blanco. “Yo siempre tenía la ilusión de toparme con el bosque de algodón –explica Ana con un gesto teatral–, y mi bosque de algodón estaba siempre en lugares como el basurero municipal”. Tenía sentido: el algodón es una planta pionera que detesta competir por su lugar y crece en sitios muy perturbados. La orilla de los riscos, lugares cerca del oleaje, pequeños claros abiertos en tiraderos o las grietas del asfalto son ideales para que crezca

De norte a sur y de costa en costa, la joven científica seguía las únicas pistas que tenía a la mano: registros pasados en herbarios y un mapa construido a partir de un modelo computacional que sugería la presencia de algodón silvestre en territorios específicos. “Necesitaba recorrer a pie esos lugares para comprobar que, en efecto, las plantas sí existían y tomar muestras de ellas”. Fue una larga travesía que duró no menos de cinco años, de 2002 a 2007. “Viajaba cada ocasión posible porque también me unía a las demás salidas de campo de mi laboratorio. ¿Te vas a Tamaulipas, Veracruz, Tabasco? Yo te acompaño”.

Del esfuerzo brotaron frutos. A finales de su doctorado, Ana había encontrado que el algodón silvestre mexicano se distribuye en seis grandes centros de diversidad genética ubicados en las costas del país. Pero también descubrió que el algodón es una especie migrante por naturaleza, lo cual puede ser un problema si se deciden introducir cultivos transgénicos en la propia cuna de esta planta.


Viajero incansable

La del algodón es una historia de agua, viento y sal. La planta que conocemos nació en México, pero sus ancestros llegaron al continente americano desde tierras africanas hace unos 12 millones de años gracias a sus semillas, excelentes nadadoras y aviadoras.

“Quería comprender cómo había evolucionado el algodón, desmenuzar su historia, para poder usar esa información en medidas de bioseguridad y saber qué consecuencias podía traer el flujo de genes entre poblaciones silvestres y transgénicas”, dice Ana Wegier.

Cuando comprobó que el algodón migra largas distancias, superando barreras naturales que para otras plantas representan un obstáculo insuperable, encontró a la vez la presencia de transgenes en distintas poblaciones nativas de algodón. “El problema no es sencillo porque hay muchas lagunas de datos”, explica. “Pero entendiendo un poco sobre evolución, sabemos que debemos evitar este flujo de transgenes: la probabilidad de que se mantenga la diversidad genética de unos pocos silvestres si se cruzan con muchos algodones domesticados, casi clones, es muy baja”.

Si no podemos evitar la naturaleza viajera del algodón, podemos al menos proteger a las poblaciones nativas. Pero para eso hacer investigación en algodón debe ser un asunto prioritario. Ana ahora dirige su propio grupo de trabajo, estudiando otras especies de plantas mexicanas como el aguacate y el chile. Su esfuerzo se ha convertido ya en la suma de muchos esfuerzos, gracias a lo cual el algodón ahora ocupa la mente de más personas que han decidido embarcarse en una flota que ella fundó.

Para Ana Wegier, lo que comenzó como un simple trabajo de maestría se convirtió en un proyecto de vida. Por eso no duda que en un futuro próximo regrese a algodonear, actividad que se lleva a cabo en sitios escabrosos, bajo el inclemente rayo del sol, pero siempre cerca del mar, de paisajes hermosos y de ruinas arqueológicas. “Sabiendo que el paraíso está a unos cuantos pasos”.

 

 

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